Hay un proverbio indio que dice poco más o menos, que la tierra no es una herencia de nuestros padres y que por el contrario es un préstamo de nuestros hijos.
Gracias a este concepto nació Teodorico, al de proteger, amar y respetar los espacios naturales que nos rodean y que todavía nos dan vida. Evidentemente lo ambienté en el jardín de mi casa que no es otro que el Parque Natural y Nacional de Sierra Nevada. Todo esto lo aderecé con la bis cómica que me viene caracterizando y con mi pasión por trabajar con los más pequeños.
En Teodorico, el tipo que nunca había subido a un pico, quería despertar ese interés por Sierra Nevada de una manera divertida pero con sana moraleja, y modestia aparte, creo que lo he conseguido. Son muchos niños los que me han felicitado y claro, los niños y los borrachos no mienten. Es más, hace unos días, realizando el taller literario que nos hemos inventado, algunos niños nos pidieron autógrafos, pero una niña nos pidió un abrazo por lo bien que se lo había pasado. ¿Se puede pedir más como escritor?
A nivel de montañas, he intentado describir las que para mí han ido marcando mi trayectoria como caminante. El Llano de la Perdiz, en mi infancia, El Trevenque, al que saludo todas las mañanas desde la ventana de mi casa, La Vereda de la Estrella, por su belleza y donde realicé mis primeras acampadas, y por supuesto los tres colosos, Veleta, Mulhacén y Alcazaba.
Espero que los niños que lean Teodorico, además de reírse una rato con las peripecias de este personaje, entiendan la denuncia que enmarco dentro de la historia para que en un futuro podamos seguir disfrutando de un mundo mejor y más limpio.
En fin, que si los niños no van a Sierra Nevada, Sierra Nevada irá a los niños.
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