El
mar.
El
mar para el poeta o el pintor.
A mí
me da cagaleta o terror.
El
mar, que bonito y grande el mar, sobre todo para una persona como yo, que mar
adentro, no me separo más de dos metros de la orilla.
El
mar, ese lugar en el que cuando no hago pie me entran los nervios y nado hacia
el borde raudo y temeroso.
El
mar, ese lugar donde dependemos del color de una bandera para saber su estado y
donde un bicho de escasos centímetros nos puede atormentar un plácido día de
verano.
Sí,
es grande el mar, tanto que desde las montañas de mi ciudad, un día despejado,
se puede intuir la otra orilla, y eso que no es la más lejana.
Tan
grande y majestuosos es el mar que dejo que escriban sobre el los poetas, los
sabios, y a los que le inspiren paz y armonía. Que hagan ellos el trabajo y que
sean los que le canten bajo la luz de la luna, pues yo no puedo.
Si
llegar a una baliza que delimita la zona de los bañistas ya me parece una
proeza, imaginaos cruzarlo entero, con suerte, bajo la luz de la luna.
No
sé cómo será y me cuesta imaginarlo, pero no tiene que ser agradable pasar una
noche flotando en una mierda de barca, en la oscuridad más absoluta, sintiendo
el aliento de un compañero en el cogote, sucio, y viajando a la deriva, pues el
capitán no subió a bordo.
Vale,
es solo una noche, y despacio llega el día. Ahora la piel mojada comienza a
quemarse. Los rayos del sol penetran en los huesos húmedos. Los niños lloran.
Las madres consuelan. Ninguno de los viajeros sabe dónde está el norte. Mejor
dicho, nadie a bordo sabe nada. Solo les acompaña una falsa imagen de un
paraíso que otros se han inventado para estafarlos, pero esa imagen le es
suficiente para tener esperanza, esperanza que desaparece cuando regresa
nuevamente la noche.
Ahora
el miedo se ha duplicado. El bote, por ponerle un nombre a esa embarcación de
mierda, se eleva más de lo recomendable. ¿Sopla Levante? ¿Sopla Poniente?
Silencio y soledad es lo que se siente junto al miedo.
Aun
así, el miedo a morir es digno, pues lo han elegido ellos. Era montarse en esa
embarcación o sencillamente morir.
Todos
no han llegado. Algunos, la mayoría, han perecido en el camino, y por eso se
sienten afortunados y héroes, porque están cruzando el mar en busca de esa
esperanza.
De
repente una ola vuelca el bote y todos caen al agua. La mayoría no saben nadar
y el que sabe es dando manotazos y agotándose pronto.
Aunque
han sido detectados, nadie hace nada. Están en tus aguas, no, en las tuyas. No
pasa nada, si fuese plástico contaminarían, pero son materia orgánica y no
dejarán resto.
Los
manotazos cesan rápido. Dos, tres minutos a lo sumo. Todos ahogados y un
problema menos para el viejo continente. El silencio vuelve a reinar, pero
ahora ya no hay miedo, solo un dato estadístico.
Desde
los despachos nadie hace nada. Si haces algo le compro el armamento a otro. Si
haces algo le vendo el preciado mineral a otro. Si haces algo te subo el precio
del petróleo. Supongo que será eso, pues nadie hace nada. Los que llegan son un
problema, pues vienen bien formados y nos quitan el empleo. Lo que amarran a
puerto son un problema, porque nadie hace nada. La solución son cuchillas en
las vallas o que se ahoguen en el mar. Mejor no actuar, vayamos que se joda la
venta.
El
mar azul se tiñe de rojo y el negro se debería instalar en los corazones, pero
yo seguiré avanzando mis dos metros, para orinar las cervezas que tomé en la
orilla mientras intento que no me pique una medusa.
El
mar, para los poetas.

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